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Trilogía de artículos publicados el domingo 25 de enero en redes sociales

ADAMUZ, BOMBA DE PROFUNDIDAD (I)

La historia del PSOE con los trenes

Lo de Adamuz puede que solo sea el principio del final.

Si unos trenes encumbraron a Zapatero en el poder, otros trenes pueden acabar con su lacayo. Y es que lo ocurrido en Adamuz tiene toda la pinta de ser una bomba de profundidad, cuyo verdadero alcance aún desconocemos.

El impacto social del accidente sigue expandiéndose, tanto en el subconsciente colectivo como en las conversaciones de todo el país. A nadie se le escapa que no se trata de un hecho fortuito, sino del resultado de una grave falta de prevención, vigilancia y gestión, algo que cada día se confirma con nuevos datos que alimentan la indignación de los ciudadanos, de los usuarios del ferrocarril y de los españoles en general.

Esta vez no ha sido posible ocultar lo ocurrido como sí lograron hacerlo tras la DANA de Valencia. No han bastado los titulares en medios afines, ni los charlatanes de tertulia explicando lo inexplicable como que las ruedas del tren son cuadradas, ni los falsos expertos que acaban siendo silenciados por las propias víctimas, a las que cada vez resulta más difícil controlar. Lo de Adamuz se filtra sin freno en la opinión pública, ante la desesperación de un Gobierno que, en palabras de su propio ministro del Interior, ha tratado de desacreditar a los medios “no oficiales”; es decir, a los medios no controlados, con el único objetivo de atar el relato y evitar que los detalles del accidente dañen su imagen.

Porque eso es, al fin y al cabo, lo que están haciendo: propaganda, propaganda y más propaganda, para tapar una gestión nefasta y, en última instancia, asesina.

No importa que los datos desmientan que España tenga demasiados AVE, cuando Francia e Italia tienen un promedio mayor.

No importa que Italia duplique a España en inversión ferroviaria con una red de alta velocidad de kilómetros similares.

No importa que se conozcan más de 70 incidencias en la zona del accidente desde 2021.

No importa que las inspecciones encargadas por Óscar Puente se hayan adjudicado a la misma empresa que fichó a Koldo y reformó el tramo de Adamuz.

No importa que los pasajeros del Alvia denuncien que tardaron más de una hora en ser evacuados porque ADIF no avisó a la Guardia Civil, pese al intento del Gobierno de afirmar que la atención fue inmediata (basta recordar la conversación telefónica de la tripulante con el centro de mando).

No importa que el ministro griego de Transportes dimitiera tras un accidente similar; aquí “dimitir” parece un nombre ruso.

No importa que el informe oficial del Gobierno no refleje la supuesta revisión ultrasónica que Transportes asegura haber realizado.

No importa que el Gobierno concediera seis millones más a la empresa responsable de la vía de Adamuz tras conocerse su vinculación con la “trama PSOE”.

No importa que una de las empresas del tramo duplicara su facturación en un año tras contratar a Koldo.

No importa que España haya dejado de ser un referente ferroviario en Europa por culpa de directivos nombrados a dedo.

No importa que Transportes solo haya cumplido cuatro de cada diez recomendaciones de la Comisión de Accidentes.

No importa que ADIF manejara un documento reservado —hecho público en perjuicio de la entidad— donde se reconocen más de 500 incidencias en vías en mal estado la misma semana de la catástrofe.

No importa que desde ADIF se reconociera en correos internos que suprimir la Unidad de Emergencias el año pasado fue un error.

No importa que el director de conservación de vías hasta 2023 fuera mencionado por Koldo como una de sus “ayudas”.

No importa que este mismo mes ADIF diera por seguro el tramo accidentado cuando ha quedado demostrado que no lo era.

No importa que cuatro de los siete trenes de inspección de vías, destinados a detectar microfracturas, estén abandonados en cocheras.

No importa que un informe de Seguridad Ferroviaria reclame más vigilancia por el deficiente control de materiales de los contratistas.

No importa que existan informes internos que concluyen que, desde que Sánchez es presidente, se circula con vías deterioradas y sistemas de seguridad fallidos.

No importa, tampoco, el enorme daño causado a la imagen de España, que ha hecho caer proyectos internacionales como el AVE a La Meca.

Da pena comprobar cuántas cosas no importan a quienes aún saldrán a llamarme demagogo y a dedicarme otras lindezas. Da pena el nivel de cerrazón y de indigencia ideológica que demuestran.

Al final, todo esto no es más que la prueba de que España ha dejado de funcionar: un Gobierno más preocupado por la propaganda que por la gestión, por mantenerse en el poder que por el bienestar de sus ciudadanos, y por controlar el relato en lugar de evitar accidentes.

Y así, sencillamente, no se puede seguir.

Es mi opinión

PEPE HERRERO

 

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ADAMUZ, UNA BOMBA DE PROFUNDIDAD (II)

El hartazgo con la clase política desborda a la sociedad

El cansancio de la sociedad con la clase política es ya evidente. La gente está harta de su inoperancia, de su mala fe y de la sensación cada vez más extendida de que a quienes gobiernan les importamos cada día menos. La ciudadanía deja de creer en ellos porque, tras tragedias como la DANA o el accidente de Adamuz, los responsables políticos están ofreciendo una imagen de miseria moral que no deja indiferente a nadie.

Leo en redes sociales cómo la familia de los cuatro fallecidos de Punta Umbría prepara una marcha el mismo día del homenaje de Estado bajo un lema tan contundente como revelador: «Ninguna autoridad es bienvenida». Un mensaje que, más allá del dolor, refleja una ruptura profunda entre los ciudadanos y quienes dicen representarlos.

El comunicado de la familia Zamorano Álvarez, cuya única superviviente es una niña de seis años, es demoledor. No desean la presencia de ninguna autoridad que acuda a “poner cara de pena” el próximo 31 de enero, fecha prevista para el funeral de Estado por las víctimas. «Ninguna autoridad es bienvenida. Ni Pedro Sánchez, ni Óscar Puente, ni Juanma Moreno, ni el Rey», zanjan sin rodeos.

La familiar que firma el texto —y que prefiere mantenerse en el anonimato— se pregunta si van a aparecer de luto, derramando lágrimas, mientras la gente sigue padeciendo las consecuencias de la desidia política. «Luego todo queda en el olvido, como ocurrió con la DANA», añade. Exige depurar responsabilidades de todo tipo —administrativas, civiles y penales—, desde los miembros del Gobierno hasta los encargados del mantenimiento de los trenes.

La familia habla abiertamente de «homicidio» y recuerda que expertos ya advirtieron de que los materiales no eran adecuados por falta de inversión. «¿Hay dinero para Ucrania, para los trenes de Marruecos o para la inmigración, pero no para España? ¡Ya está bien!», denuncian.

Y no les falta razón. Somos muchos los que compartimos esa sensación de abandono, de hartazgo y de indignación. Muchos los que percibimos que, tras cada tragedia, llega el teatro, el discurso vacío y, finalmente, el olvido.

¿Verdad?

PEPE HERRERO

Imagen: El Día de Córdoba

 

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ADAMUZ, UNA BOMBA DE PROFUNDIDAD (Y III)

Debe ser un punto de inflexión

La corriente de indignación que está generando la tragedia de Adamuz debería marcar un antes y un después en la política española. Debería servir para que la sociedad reclame, de una vez por todas, que quienes nos gobiernan sean personas preparadas, capaces y comprometidas con el bien común, y no con su propio interés o el de su partido.

Es necesario alzar la voz contra la llamada “cuota de partido”, esa práctica que coloca en puestos estratégicos a personas solo por su carné político y no por su valía. Las consecuencias de esa forma de gobernar están a la vista y, en demasiadas ocasiones, se pagan con sufrimiento humano.

No puede ser que se ponga al frente de Emergencias en Valencia a alguien que ni siquiera conocía la existencia del sistema ES-Alert.

No puede ser que, en plena pandemia, se nombre ministro de Sanidad a alguien sin formación técnica, convertido en simple portavoz del poder político.

No puede ser que se sitúe al frente de una comunidad autónoma a personas que ya han demostrado su incompetencia de manera pública y notoria.

No puede ser que un país esté dirigido por líderes más preocupados por agendas externas, ideológicas o personales que por el bienestar real de sus ciudadanos.

No puede ser que los partidos aparten a los mejores por miedo a perder el control interno, aunque eso suponga debilitar sus propias estructuras.

No puede ser este tremendo gasto político, injustificable en un país con tantas necesidades reales.

No puede ser que un eurodiputado cobre más de 10.000 euros mensuales, más dietas, por acudir unas pocas veces al mes a Bruselas.

No puede ser que se legisle desde trincheras ideológicas que hunden el sector primario, el productivo y el de servicios, con políticas medioambientales mal planteadas o debates artificiales alejados de los problemas reales.

Son demasiadas cosas. Tantas, que resulta inevitable levantar la voz y exigir a los políticos —y lo subrayo, de todos los colores— que dejen de vivir de la política y empiecen a gestionar con responsabilidad, pensando primero en el ciudadano y no en sí mismos.

Podría seguir durante horas, pero no quiero extenderme tanto como en el primer artículo de esta trilogía, “Adamuz, una bomba de profundidad”. Con lo expuesto, espero que se me entienda.

Ojalá lo ocurrido en Adamuz sea, de verdad, un punto de inflexión. Ojalá la clase política empiece a comprender que así no nos gusta cómo están haciendo las cosas.

Estas son mis opiniones, y así las he querido expresar.

¡Feliz domingo!

PEPE HERRERO

 

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