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Por Alfonso Usia


El Rey espera, y Sánchez amenaza. El que amenaza siempre está en peligro. Su jugada golpista encuentra, cada día que pasa, mayor resistencia social. El Rey no va a firmar nada que atente contra la unidad, la libertad y la democracia en España. Y sin su firma, el golpe de Estado encubierto de Sánchez, se desvanece

El Rey está en silencio, pero más activo que nunca. Quien crea que el Rey se siente cohibido y acobardado, no conoce ni al Rey ni al ejemplar sentido del cumplimiento de sus deberes. Por La Zarzuela han pasado presidentes y magistrados del Tribunal Constitucional, magistrados del Tribunal Supremo, Catedráticos. Destacados representantes de la Judicatura, abogados y políticos de anteriores Gobiernos. El obligado silencio del Rey está apoyado por una documentación poderosa, que proviene del Poder Judicial y Legislativo de todas las sensibilidades ideológicas. E intuyo que sus constantes consultas han ratificado su opinión personal. El Rey es el garante máximo del cumplimiento de la Constitución Española, y el Rey va a seguir siéndolo. Sus consejeros eventuales para una acción concreta y despiadada contra el orden constitucional, no son Pallín, Garzón ó la futbolista Putelles, que se ha metido en política-sindicalista. El Rey espera, y Sánchez amenaza. El que amenaza siempre está en peligro. Su jugada golpista encuentra, cada día que pasa, mayor resistencia social. El Rey no va a firmar nada que atente contra la unidad, la libertad y la democracia en España. Y sin su firma, el golpe de Estado encubierto de Pedro Sánchez, se desvanece. Encubierto por una aministía inconstitucional en beneficio de unos delincuentes que fracasaron en su golpe de Estado contra España y de los cuales, su provocador máximo está fugado de la Justicia española aunque viva de gorra de los españoles en Bélgica. El Rey no va a rebajar su debate con Sánchez a los ámbitos de las opiniones personales. El Rey guarda y acumula en La Zarzuela centenares de dictámenes, estudios, análisis y testimonios que justificarían su probable negativa a firmar la Ley sanchista con la que se iniciaría la destrucción de la nación más antigua de Europa. La crisis institucional está servida. Y el Rey – y España- triunfarán ante la traición, la infamia y la desvergüenza del segundo partido más votado en las últimas elecciones.

A este punto se ha llegado por la complicidad y cobardía de muchos dirigentes socialistas, desde Felipe González a Juan Alberto Belloch, pasando por Alfonso Guerra. Los tres han cantado las verdades del barquero, pero los tres han seguido votando y apoyando al barquero sin otro rumbo que el placer del palacio de La Moncloa, que manda huevos.

Belloch ha reconocido que no ha habido presidente del Gobierno peor que Sánchez, pero que su alma socialista le ha animado a votarle. Otros dirigentes socialistas, como Joaquín Leguina, Nicolás Redondo Terreros, José Luis Corcuera, o Jordi Sevilla, han roto sus relaciones con su viejo partido. Sánchez no manda en un partido. Manda en una secta de pesebristas horrorizados por perder la calidad de sus pesebres.

Nos hallamos en una situación de alta gravedad. Y sólo un español está capacitado para detener la catástrofe. Legalmente capacitado para ello. Es, además, el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Civil.

Pero no tendrá que recurrir a esa condición. Simplemente con un «no» poderosamente apoyado en sus consultas, detendrá el golpe de Estado socialcomunista e independentista que nos ha preparado Sánchez. Y habrá lío. Y será insultado, pero tendrá el apoyo de millones de españoles, muchos votantes socialistas entre ellos – algo inexplicable a estas alturas-, que no dependen de los pesebres para seguir enriqueciéndose.

La última vez que saludé al Rey y cambié impresiones con su persona, «Mucha suerte, Señor», «Gracias», fue en el Palacio Real el día de su proclamación como Rey de España. Mi texto procede de la intuición, no de la información directa o indirecta. Intuición que me induce a creer que, cumpliendo estrictamente con sus prerrogativas y mandamientos constitucionales, con toda la firmeza que sea precisa, va a detener el Golpe de Estado.

«Esto no lo puedo firmar, presidente».

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